Desde su ingreso al jardín de infantes, Mariela se había destacado por ser las más fea de todos los cursos escolares por los que había pasado.
Había llegado al cuarto año de la secundaria, y la fealdad que en los primeros años de estudio había sido un suplicio, debido a las crueles bromas de sus compañeros, se había convertido en un motivo de orgullo para ella, ya que esa misma fealdad la había convertido en simpático centro de atención de sus camaradas, llegando a ser la más cuidada y la más querida del grupo.
Pero este cuarto año se proyectaba diferente en la mente de Mariela: un grupo de chicas igualmente feas había ingresado al curso. Sintiendo que perdía protagonismo, hizo todo lo posible por afearse aun más. Se cortó el cabello muy corto y desparejo, mantuvo su cuerpo y su ropa lo más sucios que podía soportar, y adelgazó hasta convertirse en un esqueleto ambulante.
Pero estas tácticas no dieron resultado, las bromas y el cariño de sus compañeros se repartían irremediablemente entre todas las feas por igual. Para colmo, había una compañera, María Sol, del grupo de las bonitas, que sintiendo lástima por ellas se empeñaba en reunirlas en una especie de clan, y las elogiaba para que se sintieran lindas como las demás. Las feas adoptaron enseguida a María Sol como líder, pero Mariela la odiaba. Ella no quería sentirse linda, quería ser la única fea, la más querida del grupo por ese motivo, como siempre.
Un sábado de junio, invitó a todas las feas y a María Sol a pasar el fin de semana en su casa. Todas concurrieron halagadas. Durante todo ese sábado, compartieron juegos, oyeron música juntas, bailaron, se contaron sus más íntimos secretos. Mariela pudo comprobar algo que intuía: la mayoría de las chicas, a diferencia de ella, eran muy fumadoras, sobre todo María Sol. Se sintió feliz por esta comprobación, indispensable para llevar a cabo su plan.
Luego de cenar en compañía de los padres de Mariela, y cuando éstos se retiraron a dormir, las chicas decidieron quedarse a conversar en la cocina. Mariela hizo café, y el resto propuso comprar galletitas dulces para compartir. Reunieron dinero entre todas, y Mariela sintió que había llegado su momento. Dijo saber de una despensa que no cerraba hasta muy tarde y se ofreció a ir a comprar.
Salió a la calle, y deteniéndose un instante en el umbral, aspiró profundamente absorbiendo el fresco aire de la noche.
Sus compañeras, mientras tanto, continuaban chismoseando alegremente en la cocina. Unos veinte minutos después, María Sol propuso fumar y convidó cigarrillos a todas, y sacó su encendedor para ofrecer fuego.
En ese mismo momento, Mariela, ya alejada varias cuadras de su casa, caminaba repasando mentalmente si no se había olvidado de abrir alguna de las llaves de gas de la cocina. Desde su casa llegó la confirmación bajo la forma de una tremenda explosión. Apenas tuvo un recuerdo triste para sus padres, pero se contentó sabiendo que habían muerto mientras dormían, sin sufrimiento.
A partir de ese día, Mariela volvió a ser la más querida y popular entre sus compañeros, tanto como odiaron a aquel grupo de feas y a María Sol, por haber sido responsables, con su imprudencia, de dejar huérfana a Mariela.
domingo, 12 de septiembre de 2010
Los cuentos de Mario (EL VIRTUOSO)
Cuando salimos del pub estábamos eufóricos, el mundo se nos presentaba como un lugar maravilloso para vivir, y nunca hubiéramos imaginado lo que sucedería después. Todos habíamos bebido mucho, muchísimo, y estábamos muy borrachos. Pero Marcelo lo estaba de tal modo, que hasta nosotros nos dábamos cuenta.
Tal vez el motivo justificara nuestra borrachera, al fin de cuentas éramos flamantes profesionales universitarios. Todo lo que siempre habíamos anhelado, lo podríamos lograr a partir de aquel día.
No obstante, la actitud de Marcelo nos extrañaba, ya que él era para nosotros un símbolo de todo lo bueno que hay en este mundo, a punto tal que durante todos los años de facultad que pasamos juntos, no pudimos aceptarlo como uno de los nuestros. Él encarnaba la bondad suprema, la honradez, la abnegación. Siempre lo sentimos diferente de nosotros a causa de sus virtudes, y el mínimo contacto con él nos hacía sentir doblemente nuestras miserias, nos hacía avergonzar. Era un alumno brillante y se había recibido con honores, estudiando prácticamente solo durante toda la carrera, mientras nosotros armábamos y desarmábamos grupos de estudio buscando encontrar la mejor manera de pasar los exámenes con el menor esfuerzo. Casi todas estas reuniones de "estudio" terminaban en charlas inconducentes, con los hombres hablando de mujeres, las mujeres hablando de hombres, y todos hablando de sexo, y hasta algunas veces practicándolo. Todo ello regado con incontables litros de toda clase de bebidas alcohólicas, muchos de los cuales terminaban derramados sobre los apuntes que deberíamos estar estudiando.
En cambio, Marcelo se sumía en el estudio en completa soledad, aislado de todo y de todos. Ni siquiera compartía con nosotros un café a la salida de la facultad y, para ser sincero, todos nos alegrábamos por eso. No nos agradaba su compañía.
Luego, los resultados saltaban a la vista: notas brillantes para él, aprobación a duras penas para nosotros.
Jamás le conocimos una novia, ni siquiera una relación ocasional con alguna mujer. No tardó a comenzar a correr el rumor entre nosotros, sobre su eventual homosexualidad, pero la teoría fue desechada al cabo de un tiempo por falta de sustento. No había mujeres en su vida, ni nada que tuviera que ver con el sexo.
Algunos de los nuestros que alguna vez se acercaron a él por simple curiosidad, tratando de escudriñar su vida privada, llegaron a saber por su propia boca, que concurría diariamente a misa, que gustaba del ajedrez y se dedicaba a analizar las partidas de los grandes maestros. También pudieron saber que sus vacaciones consistían en ir a misionar con un grupo católico de scouts a lejanos pueblos de provincia, allí donde la miseria era extrema y la ayuda raras veces llegaba. No gustaba del cine ni del baile, y en lo que respecta a la música, sólo escuchaba la de cámara mientras estudiaba. Sentía un gran amor por los animales, y compartía su vivienda con una gran cantidad de perros a los que cuidaba con esmero, los que constituían su única familia.
Por todo ello nos extrañaba verlo así aquella noche, tanto como nos extrañó que aceptara nuestra invitación para unirse al festejo. Una invitación hecha con desgano, sólo en nombre de los años de facultad compartidos, y sabiendo de antemano que la rechazaría. Sin embargo, ante nuestros emisarios esbozó su habitual, franca, bondadosa y detestable sonrisa, y aceptó encantado el convite.
Esto nos puso a todos de mal humor, ya que no queríamos un aguafiestas entre nosotros, y hasta planeamos darle una dirección equivocada del lugar, con tal de no contarlo entre los presentes. Al fin decidimos que la suerte estaba echada, y nos resignamos.
Concurrió puntualmente a la cita, ocupando una silla vacía en un extremo de la amplia mesa. La primera sorpresa fue cuando hizo su pedido al mozo. Hubiéramos apostado cualquier cosa a que consumiría algo así como leche o granadina, pero encargó los mismos tragos que tomábamos nosotros, todos de una alta graduación alcohólica.
Permaneció en silencio toda le velada, bebiendo y sonriendo con cada una de nuestras anécdotas. Nadie intentó hacerlo participar, y tampoco él parecía interesado en que eso sucediera. Sólo bebía y sonreía en silencio.
Cuando el sueño y el cansancio comenzaron a hacer mella en nosotros, y las historias perdieron interés, decidimos irnos.
Marcelo salió junto con nosotros, y ahí fue cuando tomamos conciencia de lo mucho que había bebido, al verlo tratar de avanzar luchando a duras penas con movimientos descontrolados y torpes. Iba delante de nosotros, bamboleándose y sonriendo como recordando todo lo que se había hablado esa noche.
Nos fuimos retrasando con respecto a él, hasta que se alejó casi media cuadra, mientras nos regocijábamos con comentarios groseros y burlones sobre su estado.
Al cabo de un tiempo, observamos que se acercaba hacia nosotros uno de esos chicos de la calle que se dedican a vender ramilletes de flores en lugares públicos. Cuando llegó a la altura del encuentro con Marcelo se produjo una graciosa situación, ya que era tal la borrachera de éste, que circulaba de un extremo al otro de la vereda, y el niño no conseguía pasar. Finalmente, chocaron de frente el uno contra el otro, y el pequeño cayó de espaldas, mientras Marcelo continuaba su incierto camino.
Cuando llegamos al lugar donde había caído el chiquillo, lo encontramos con la nariz ensangrentada, sollozando. Al preguntarle si se encontraba bien, nos miró con ojos espantados, se puso de pie a duras penas y mientras se alejaba de nosotros balbuceó que el hombre con el que había tropezado lo golpeó con el puño en la nariz. Incrédulos, pensando que se trataba de un error, lo vimos alejarse.
Marcelo se había alejado aun más, de forma tal que apretamos el paso hasta alcanzarlo, sin dejar de pensar en las palabras del niño. Comenzamos a mirarlo de soslayo, todos en silencio, mientras caminábamos a su lado. La sonrisa de Marcelo se había acentuado.
Por fin llegamos a la estación donde debíamos abordar el tren. El andén aparecía despoblado, a excepción de una anciana y nosotros.
Nos desparramamos en los asientos de la sala de espera, mientras Marcelo hacía lo propio, elegantemente, en el borde de uno de ellos. La anciana nos observó un momento entre curiosa y asustada, y luego inclinó la cabeza sumiéndose en sus propios pensamientos.
Al cabo de un tiempo arribó el tren, con sus ruedas ejecutando la habitual y monótona melodía. Frenó con un bufido, y todos nos acercamos a la puerta de uno de los vagones, subiendo desordenadamente. Marcelo fue el único que recordó las normas de cortesía, colocándose detrás de la anciana para cederle el paso. Igual que en la sala de espera, nos ubicamos desmañadamente en los asientos. Al instante, el tren arrancó con un tirón y sentimos bajo nuestros pies una especie de pequeños saltos provenientes de las ruedas del vagón. El tren frenó un momento, pero luego reanudó su precisa y despreocupada marcha. Marcelo se había sentado al final del vagón, y miraba por la ventanilla con una permanente sonrisa dibujada en sus labios. La anciana no estaba en nuestro vagón.
Cuando el tren se detuvo en la estación siguiente, vimos correr al jefe de estación hacia la locomotora. Nos asomamos con curiosidad por las ventanillas, y alcanzamos a ver al hombre discutiendo acaloradamente con el maquinista. Al cabo de un rato, ambos subieron al primer vagón y no tardaron en llegar al nuestro, seguramente el único con pasajeros, salvo por la anciana.
Antes de que empezaran a hablar, comprendimos por la expresión de sus rostros que nada bueno pasaba. Desordenadamente nos explicaron que en la estación anterior, en la cual habíamos subido, una anciana había sido arrollada. Nos preguntaron si habíamos visto a la mujer, a lo cual todos respondimos que sí, y algunos recordaron el extraño traqueteo al comienzo del viaje. El maquinista coincidió en que también había sentido algo raro, y que en un primer momento detuvo la marcha, pero luego supuso que se trataría de algún perro vagabundo, y decidió continuar la marcha.
Mientras decía esto, el andén se pobló de policías, algunos de los cuales no tardaron en subir a nuestro vagón, que efectivamente era el único que llevaba pasajeros. Luego de conversar con el jefe de estación y con el maquinista, dos de ellos se llevaron a este último detenido, y el resto se acercó a nosotros, informándonos uno de los uniformados que debíamos acompañarlos a la comisaría para declarar en calidad de testigos.
Resignados a nuestra suerte, fuimos bajando uno a uno, salimos de la estación y nos fuimos acomodando en los patrulleros, mezclados con los policías.
En la comisaría, cada uno de nosotros hizo su declaración, y fuimos quedando en libertad. Nos fuimos reuniendo en la puerta de la comisaría, y una vez que hubo salido el último, comenzamos a caminar con rumbo incierto, en un barrio extraño y con un agotamiento espantoso. Los varones caminábamos encabezando la marcha, y las chicas venían detrás.
Desde el momento en que habíamos visto correr al jefe de estación, todos nos habíamos olvidado de Marcelo; incluso en nuestras declaraciones, a ninguno se le ocurrió mencionar que él había sido el último en subir al vagón, y que se había colocado detrás de la anciana para cederle el paso.
Un perro vagabundo pasó a nuestro lado en dirección contraria, sin que ninguno de nosotros le prestase demasiada atención. Pocos segundos después, oímos un gemido estremecedor rompiendo el silencio de la noche, y todos nos volvimos sobresaltados.
A pocos metros de nosotros estaba Marcelo, con el perro tendido a sus pies, agonizando entre espasmos, mientras abundante sangre corría por la vereda llevándole la vida.
En la mano derecha de Marcelo se destacaba el brillo de una navaja. Su rostro no había perdido la sonrisa, y sus ojos se posaron en cada uno de nosotros. Al fin, dijo:
-Todos estos años los he dedicado a estudiar, para formarme y crecer. Lo que no pude aprender fue a desenvolverme en esta sociedad, manejada por personas como ustedes. Después de la reunión de esta noche, donde he escuchado sus historias, ya sé como hacerlo.
Giró sobre sus talones sin perder la sonrisa, y se alejó lentamente de nosotros.
Nunca más volvimos a saber de él.
Tal vez el motivo justificara nuestra borrachera, al fin de cuentas éramos flamantes profesionales universitarios. Todo lo que siempre habíamos anhelado, lo podríamos lograr a partir de aquel día.
No obstante, la actitud de Marcelo nos extrañaba, ya que él era para nosotros un símbolo de todo lo bueno que hay en este mundo, a punto tal que durante todos los años de facultad que pasamos juntos, no pudimos aceptarlo como uno de los nuestros. Él encarnaba la bondad suprema, la honradez, la abnegación. Siempre lo sentimos diferente de nosotros a causa de sus virtudes, y el mínimo contacto con él nos hacía sentir doblemente nuestras miserias, nos hacía avergonzar. Era un alumno brillante y se había recibido con honores, estudiando prácticamente solo durante toda la carrera, mientras nosotros armábamos y desarmábamos grupos de estudio buscando encontrar la mejor manera de pasar los exámenes con el menor esfuerzo. Casi todas estas reuniones de "estudio" terminaban en charlas inconducentes, con los hombres hablando de mujeres, las mujeres hablando de hombres, y todos hablando de sexo, y hasta algunas veces practicándolo. Todo ello regado con incontables litros de toda clase de bebidas alcohólicas, muchos de los cuales terminaban derramados sobre los apuntes que deberíamos estar estudiando.
En cambio, Marcelo se sumía en el estudio en completa soledad, aislado de todo y de todos. Ni siquiera compartía con nosotros un café a la salida de la facultad y, para ser sincero, todos nos alegrábamos por eso. No nos agradaba su compañía.
Luego, los resultados saltaban a la vista: notas brillantes para él, aprobación a duras penas para nosotros.
Jamás le conocimos una novia, ni siquiera una relación ocasional con alguna mujer. No tardó a comenzar a correr el rumor entre nosotros, sobre su eventual homosexualidad, pero la teoría fue desechada al cabo de un tiempo por falta de sustento. No había mujeres en su vida, ni nada que tuviera que ver con el sexo.
Algunos de los nuestros que alguna vez se acercaron a él por simple curiosidad, tratando de escudriñar su vida privada, llegaron a saber por su propia boca, que concurría diariamente a misa, que gustaba del ajedrez y se dedicaba a analizar las partidas de los grandes maestros. También pudieron saber que sus vacaciones consistían en ir a misionar con un grupo católico de scouts a lejanos pueblos de provincia, allí donde la miseria era extrema y la ayuda raras veces llegaba. No gustaba del cine ni del baile, y en lo que respecta a la música, sólo escuchaba la de cámara mientras estudiaba. Sentía un gran amor por los animales, y compartía su vivienda con una gran cantidad de perros a los que cuidaba con esmero, los que constituían su única familia.
Por todo ello nos extrañaba verlo así aquella noche, tanto como nos extrañó que aceptara nuestra invitación para unirse al festejo. Una invitación hecha con desgano, sólo en nombre de los años de facultad compartidos, y sabiendo de antemano que la rechazaría. Sin embargo, ante nuestros emisarios esbozó su habitual, franca, bondadosa y detestable sonrisa, y aceptó encantado el convite.
Esto nos puso a todos de mal humor, ya que no queríamos un aguafiestas entre nosotros, y hasta planeamos darle una dirección equivocada del lugar, con tal de no contarlo entre los presentes. Al fin decidimos que la suerte estaba echada, y nos resignamos.
Concurrió puntualmente a la cita, ocupando una silla vacía en un extremo de la amplia mesa. La primera sorpresa fue cuando hizo su pedido al mozo. Hubiéramos apostado cualquier cosa a que consumiría algo así como leche o granadina, pero encargó los mismos tragos que tomábamos nosotros, todos de una alta graduación alcohólica.
Permaneció en silencio toda le velada, bebiendo y sonriendo con cada una de nuestras anécdotas. Nadie intentó hacerlo participar, y tampoco él parecía interesado en que eso sucediera. Sólo bebía y sonreía en silencio.
Cuando el sueño y el cansancio comenzaron a hacer mella en nosotros, y las historias perdieron interés, decidimos irnos.
Marcelo salió junto con nosotros, y ahí fue cuando tomamos conciencia de lo mucho que había bebido, al verlo tratar de avanzar luchando a duras penas con movimientos descontrolados y torpes. Iba delante de nosotros, bamboleándose y sonriendo como recordando todo lo que se había hablado esa noche.
Nos fuimos retrasando con respecto a él, hasta que se alejó casi media cuadra, mientras nos regocijábamos con comentarios groseros y burlones sobre su estado.
Al cabo de un tiempo, observamos que se acercaba hacia nosotros uno de esos chicos de la calle que se dedican a vender ramilletes de flores en lugares públicos. Cuando llegó a la altura del encuentro con Marcelo se produjo una graciosa situación, ya que era tal la borrachera de éste, que circulaba de un extremo al otro de la vereda, y el niño no conseguía pasar. Finalmente, chocaron de frente el uno contra el otro, y el pequeño cayó de espaldas, mientras Marcelo continuaba su incierto camino.
Cuando llegamos al lugar donde había caído el chiquillo, lo encontramos con la nariz ensangrentada, sollozando. Al preguntarle si se encontraba bien, nos miró con ojos espantados, se puso de pie a duras penas y mientras se alejaba de nosotros balbuceó que el hombre con el que había tropezado lo golpeó con el puño en la nariz. Incrédulos, pensando que se trataba de un error, lo vimos alejarse.
Marcelo se había alejado aun más, de forma tal que apretamos el paso hasta alcanzarlo, sin dejar de pensar en las palabras del niño. Comenzamos a mirarlo de soslayo, todos en silencio, mientras caminábamos a su lado. La sonrisa de Marcelo se había acentuado.
Por fin llegamos a la estación donde debíamos abordar el tren. El andén aparecía despoblado, a excepción de una anciana y nosotros.
Nos desparramamos en los asientos de la sala de espera, mientras Marcelo hacía lo propio, elegantemente, en el borde de uno de ellos. La anciana nos observó un momento entre curiosa y asustada, y luego inclinó la cabeza sumiéndose en sus propios pensamientos.
Al cabo de un tiempo arribó el tren, con sus ruedas ejecutando la habitual y monótona melodía. Frenó con un bufido, y todos nos acercamos a la puerta de uno de los vagones, subiendo desordenadamente. Marcelo fue el único que recordó las normas de cortesía, colocándose detrás de la anciana para cederle el paso. Igual que en la sala de espera, nos ubicamos desmañadamente en los asientos. Al instante, el tren arrancó con un tirón y sentimos bajo nuestros pies una especie de pequeños saltos provenientes de las ruedas del vagón. El tren frenó un momento, pero luego reanudó su precisa y despreocupada marcha. Marcelo se había sentado al final del vagón, y miraba por la ventanilla con una permanente sonrisa dibujada en sus labios. La anciana no estaba en nuestro vagón.
Cuando el tren se detuvo en la estación siguiente, vimos correr al jefe de estación hacia la locomotora. Nos asomamos con curiosidad por las ventanillas, y alcanzamos a ver al hombre discutiendo acaloradamente con el maquinista. Al cabo de un rato, ambos subieron al primer vagón y no tardaron en llegar al nuestro, seguramente el único con pasajeros, salvo por la anciana.
Antes de que empezaran a hablar, comprendimos por la expresión de sus rostros que nada bueno pasaba. Desordenadamente nos explicaron que en la estación anterior, en la cual habíamos subido, una anciana había sido arrollada. Nos preguntaron si habíamos visto a la mujer, a lo cual todos respondimos que sí, y algunos recordaron el extraño traqueteo al comienzo del viaje. El maquinista coincidió en que también había sentido algo raro, y que en un primer momento detuvo la marcha, pero luego supuso que se trataría de algún perro vagabundo, y decidió continuar la marcha.
Mientras decía esto, el andén se pobló de policías, algunos de los cuales no tardaron en subir a nuestro vagón, que efectivamente era el único que llevaba pasajeros. Luego de conversar con el jefe de estación y con el maquinista, dos de ellos se llevaron a este último detenido, y el resto se acercó a nosotros, informándonos uno de los uniformados que debíamos acompañarlos a la comisaría para declarar en calidad de testigos.
Resignados a nuestra suerte, fuimos bajando uno a uno, salimos de la estación y nos fuimos acomodando en los patrulleros, mezclados con los policías.
En la comisaría, cada uno de nosotros hizo su declaración, y fuimos quedando en libertad. Nos fuimos reuniendo en la puerta de la comisaría, y una vez que hubo salido el último, comenzamos a caminar con rumbo incierto, en un barrio extraño y con un agotamiento espantoso. Los varones caminábamos encabezando la marcha, y las chicas venían detrás.
Desde el momento en que habíamos visto correr al jefe de estación, todos nos habíamos olvidado de Marcelo; incluso en nuestras declaraciones, a ninguno se le ocurrió mencionar que él había sido el último en subir al vagón, y que se había colocado detrás de la anciana para cederle el paso.
Un perro vagabundo pasó a nuestro lado en dirección contraria, sin que ninguno de nosotros le prestase demasiada atención. Pocos segundos después, oímos un gemido estremecedor rompiendo el silencio de la noche, y todos nos volvimos sobresaltados.
A pocos metros de nosotros estaba Marcelo, con el perro tendido a sus pies, agonizando entre espasmos, mientras abundante sangre corría por la vereda llevándole la vida.
En la mano derecha de Marcelo se destacaba el brillo de una navaja. Su rostro no había perdido la sonrisa, y sus ojos se posaron en cada uno de nosotros. Al fin, dijo:
-Todos estos años los he dedicado a estudiar, para formarme y crecer. Lo que no pude aprender fue a desenvolverme en esta sociedad, manejada por personas como ustedes. Después de la reunión de esta noche, donde he escuchado sus historias, ya sé como hacerlo.
Giró sobre sus talones sin perder la sonrisa, y se alejó lentamente de nosotros.
Nunca más volvimos a saber de él.
Los cuentos de Mario (ME MOLESTA)
Desde que tengo floja una muela, todo me molesta. A veces la muela se infecta y me produce mucho dolor, y entonces todo me molesta más aun.
Me molesta que mi hija escuche música a todo volumen. La tengo que matar.
Me molesta discutir ferozmente con mi esposa. La tengo que matar.
Me molesta el ruido que hace con su moto mi vecino. Lo tengo que matar.
Me molesta mi perro que ladra sin cesar. Lo tengo que matar.
Me molesta que la perra de mi otro vecino esté en celo, haciendo que mi perro ladre. La tengo que matar.
Me molesta que mi jefe me haya despedido del trabajo, por faltar a causa de mi dolor de muela. Lo tengo que matar.
Me molesta deberle al almacenero, porque no tengo dinero desde que perdí el trabajo. Lo tengo que matar.
Me molesta, además del insoportable dolor de muela, tener la camisa manchada con tanta sangre. Me tengo que matar.
Ya nada me molesta.
Me molesta que mi hija escuche música a todo volumen. La tengo que matar.
Me molesta discutir ferozmente con mi esposa. La tengo que matar.
Me molesta el ruido que hace con su moto mi vecino. Lo tengo que matar.
Me molesta mi perro que ladra sin cesar. Lo tengo que matar.
Me molesta que la perra de mi otro vecino esté en celo, haciendo que mi perro ladre. La tengo que matar.
Me molesta que mi jefe me haya despedido del trabajo, por faltar a causa de mi dolor de muela. Lo tengo que matar.
Me molesta deberle al almacenero, porque no tengo dinero desde que perdí el trabajo. Lo tengo que matar.
Me molesta, además del insoportable dolor de muela, tener la camisa manchada con tanta sangre. Me tengo que matar.
Ya nada me molesta.
Los cuentos de Mario (CRONOLOGÍA EN COMÚN)
21.00.00 hs.
Raquel comienza a preparar la cena, pensando orgullosa que pronto su hijo volvería de su primer día de trabajo. Con tan sólo dieciocho años y recién egresado de la escuela secundaria, había conseguido un puesto administrativo en la fábrica de envases plásticos que estaba al otro lado de la vía.
Marcelo acostó a su hijo de dos meses, y se dirigió a la cocina, dispuesto a aprontar la comida a la espera de su esposa, secretaria ejecutiva de la fábrica de envases plásticos.
Romina terminó de rellenar empanadas, volcó aceite en una sartén y comenzó freírlas, sabiendo que su madre no tardaría en regresar de su trabajo de empleada de limpieza en la fábrica de envases plásticos.
Fermín decidió que no cenaría, pero que sí tomaría un trago más, seguro de poder cumplir con su trabajo de todas maneras.
Manuel miró hacia las estrellas, mientras realizaba su monótono trabajo. Pensó en Paula, su esposa, y en los mellizos, y deseó que terminara pronto la jornada de trabajo, para reunirse en casa con ellos.
21.30.00 hs.
Martín escuchó el silbato de la fábrica que indicaba el final del día laboral. Ordenó rápidamente los últimos papeles de su escritorio, y se dirigió al reloj para fichar la salida, feliz de haber concluido su primer día de trabajo sin novedad.
Andrea, concentrada totalmente en ordenar la agenda de su jefe para el día siguiente, se sobresaltó cuando oyó el silbato. Se incorporó, tomó el sacón del perchero, y se despreocupó automáticamente de su trabajo, dando lugar en su mente a su hijo de dos meses y a su amado esposo, que seguramente ya había acostado al niño, y estaba preparando la cena.
Al momento de accionarse el silbato automático que indicaba la salida, Rosa ya estaba lista. Se había quitado el guardapolvo celeste y había guardado todos los artículos de limpieza en el armario. Deseando que su hija quinceañera estuviera bien, algo que la preocupaba durante todo el día, se dirigió apresuradamente a fichar su tarjeta.
El sonido del silbato llegó lejanamente a los oídos de Fermín, que luchaba infructuosamente para no quedarse dormido. Unos minutos después caía en un profundo sueño, y no escuchaba el timbre del teléfono de su oficina.
Manuel seguía mirando las estrellas y pensando en su familia.
21.40.00 hs.
Martín, Andrea y Rosa llegaron a la vía conversando animadamente y se dispusieron a cruzarla.
Fermín seguía durmiendo.
Manuel dejó de lado las estrellas y su familia, para concentrarse en una de las pobres variantes que le ofrecía su trabajo.
21.41.00 hs.
Martín, Andrea y Rosa, acababan de cruzar el primer durmiente de la vía, cuando vieron la luz que se les venía encima.
Fermín seguía durmiendo.
Manuel divisó tres sombras que se acercaban velozmente.
21.41.05 hs.
Martín, Andrea y Rosa eran una masa sanguinolenta y esparcida debajo del segundo vagón de la formación.
Fermín seguía durmiendo en su oficina de guardabarreras.
Manuel, después de accionar tardíamente el freno de la locomotora, estaba temblando.
22.00.00 hs.
Raquel sonreía pensando que a su hijo no le había costado hacer amistades en su nuevo trabajo, ya que estaba demorado su regreso.
Marcelo, intranquilo por la tardanza de Andrea, se asomó a la ventana para escudriñar la noche cerrada.
Romina pensaba, con disgusto, que otra vez a su madre le habían encomendado una limpieza de último momento.
Fermín era subido a un patrullero.
Manuel se reponía de un desmayo, ayudado por el médico que llegó con la ambulancia de emergencias.
Raquel comienza a preparar la cena, pensando orgullosa que pronto su hijo volvería de su primer día de trabajo. Con tan sólo dieciocho años y recién egresado de la escuela secundaria, había conseguido un puesto administrativo en la fábrica de envases plásticos que estaba al otro lado de la vía.
Marcelo acostó a su hijo de dos meses, y se dirigió a la cocina, dispuesto a aprontar la comida a la espera de su esposa, secretaria ejecutiva de la fábrica de envases plásticos.
Romina terminó de rellenar empanadas, volcó aceite en una sartén y comenzó freírlas, sabiendo que su madre no tardaría en regresar de su trabajo de empleada de limpieza en la fábrica de envases plásticos.
Fermín decidió que no cenaría, pero que sí tomaría un trago más, seguro de poder cumplir con su trabajo de todas maneras.
Manuel miró hacia las estrellas, mientras realizaba su monótono trabajo. Pensó en Paula, su esposa, y en los mellizos, y deseó que terminara pronto la jornada de trabajo, para reunirse en casa con ellos.
21.30.00 hs.
Martín escuchó el silbato de la fábrica que indicaba el final del día laboral. Ordenó rápidamente los últimos papeles de su escritorio, y se dirigió al reloj para fichar la salida, feliz de haber concluido su primer día de trabajo sin novedad.
Andrea, concentrada totalmente en ordenar la agenda de su jefe para el día siguiente, se sobresaltó cuando oyó el silbato. Se incorporó, tomó el sacón del perchero, y se despreocupó automáticamente de su trabajo, dando lugar en su mente a su hijo de dos meses y a su amado esposo, que seguramente ya había acostado al niño, y estaba preparando la cena.
Al momento de accionarse el silbato automático que indicaba la salida, Rosa ya estaba lista. Se había quitado el guardapolvo celeste y había guardado todos los artículos de limpieza en el armario. Deseando que su hija quinceañera estuviera bien, algo que la preocupaba durante todo el día, se dirigió apresuradamente a fichar su tarjeta.
El sonido del silbato llegó lejanamente a los oídos de Fermín, que luchaba infructuosamente para no quedarse dormido. Unos minutos después caía en un profundo sueño, y no escuchaba el timbre del teléfono de su oficina.
Manuel seguía mirando las estrellas y pensando en su familia.
21.40.00 hs.
Martín, Andrea y Rosa llegaron a la vía conversando animadamente y se dispusieron a cruzarla.
Fermín seguía durmiendo.
Manuel dejó de lado las estrellas y su familia, para concentrarse en una de las pobres variantes que le ofrecía su trabajo.
21.41.00 hs.
Martín, Andrea y Rosa, acababan de cruzar el primer durmiente de la vía, cuando vieron la luz que se les venía encima.
Fermín seguía durmiendo.
Manuel divisó tres sombras que se acercaban velozmente.
21.41.05 hs.
Martín, Andrea y Rosa eran una masa sanguinolenta y esparcida debajo del segundo vagón de la formación.
Fermín seguía durmiendo en su oficina de guardabarreras.
Manuel, después de accionar tardíamente el freno de la locomotora, estaba temblando.
22.00.00 hs.
Raquel sonreía pensando que a su hijo no le había costado hacer amistades en su nuevo trabajo, ya que estaba demorado su regreso.
Marcelo, intranquilo por la tardanza de Andrea, se asomó a la ventana para escudriñar la noche cerrada.
Romina pensaba, con disgusto, que otra vez a su madre le habían encomendado una limpieza de último momento.
Fermín era subido a un patrullero.
Manuel se reponía de un desmayo, ayudado por el médico que llegó con la ambulancia de emergencias.
Los cuentos de Mario (CAPERUCITA ROJA)
Caperucita observó en silencio a su madre. Comprendía lo que estaba pensando. Su abuela había enfermado gravemente y vivía muy lejos de allí. Para colmo, para llegar hasta su casa había que atravesar el bosque.
La madre de Caperucita se afanaba en la cocina, tratando de terminar a tiempo unos pastelitos para enviar con Caperucita a la enferma. Quería que su hija saliera enseguida, de forma tal que pudiera regresar antes del anochecer, y evitar así los peligros del bosque.
Una vez que hubo acabado, colocó los pastelillos en una primorosa canasta, los tapó con un mantel impecable, y le entregó todo a Caperucita, colmándola de recomendaciones para el camino.
Partió la niña alegremente, contenta en cierta forma de poder hacer algo diferente, aventurero, y de paso poder ayudar tanto a su madre como a su abuela.
Se fue internando cada vez más en el bosque, recogiendo flores a su paso para regalárselas a su abuela al llegar.
Finalmente llegó a su destino. Golpeó reiteradamente la puerta de la blanca casa, pero nadie le respondió. Suponiendo que su abuela estaría durmiendo, decidió ingresar a la casa de todos modos. La recibió una pulcra sala de estar donde se sentó un momento a descansar, para luego dirigirse al dormitorio. A medida que se acercaba a la habitación, comenzó a escuchar cada vez más fuerte unos bufidos que la alarmaron sobremanera, ya que los asoció con el sonido de la respiración esforzada de su abuela. Cuando ingresó al dormitorio, se quedó paralizada de espanto.
Sobre la cama yacía su abuela, ya muerta, pero no a causa de su enfermedad. Su cuerpo estaba totalmente destrozado y de cada parte manaba abundante sangre. Desparramados por el piso había trozos de toda clase: de hígado, riñones, corazón, intestinos, pelos, piel, carne, y todo lo imaginable que compone un cuerpo humano. Pero lo que colmó el horror de Caperucita, fue comprobar que el causante de todo aquello estaba allí. Un lobo, un lobo amenazante, agazapado, dispuesto a saltar sobre ella en cualquier momento.
Cuando ya se creía perdida, la puerta se abrió violentamente. El lobo retrocedió instintivamente al ver la imponente figura del leñador. Éste aprovechó la duda del cánido y adelantándose, separó la cabeza del cuerpo del infeliz animal con un certero hachazo.
El hombre tardó un instante en recuperar el aliento. Lentamente fue reconociendo el lugar hasta fijar su mirada en la figura de Caperucita, que lo miraba con ojos agradecidos. Una sonrisa comenzó a dibujarse en el curtido rostro del leñador, mientras comenzaba a acercarse a la niña. Cuando Caperucita comprendió, ya era tarde; el peso del hombre sobre ella era demasiado para resistir. Luego, sólo el dolor vergonzante de la violación.
Cuando el leñador sintió el último suspiro de Caperucita, se incorporó. Estaba satisfecho sexualmente, pero ahora sentía hambre nuevamente. Por suerte, todavía quedaban algunos restos de la vieja, aquellos que el lobo no le había podido robar.
La madre de Caperucita se afanaba en la cocina, tratando de terminar a tiempo unos pastelitos para enviar con Caperucita a la enferma. Quería que su hija saliera enseguida, de forma tal que pudiera regresar antes del anochecer, y evitar así los peligros del bosque.
Una vez que hubo acabado, colocó los pastelillos en una primorosa canasta, los tapó con un mantel impecable, y le entregó todo a Caperucita, colmándola de recomendaciones para el camino.
Partió la niña alegremente, contenta en cierta forma de poder hacer algo diferente, aventurero, y de paso poder ayudar tanto a su madre como a su abuela.
Se fue internando cada vez más en el bosque, recogiendo flores a su paso para regalárselas a su abuela al llegar.
Finalmente llegó a su destino. Golpeó reiteradamente la puerta de la blanca casa, pero nadie le respondió. Suponiendo que su abuela estaría durmiendo, decidió ingresar a la casa de todos modos. La recibió una pulcra sala de estar donde se sentó un momento a descansar, para luego dirigirse al dormitorio. A medida que se acercaba a la habitación, comenzó a escuchar cada vez más fuerte unos bufidos que la alarmaron sobremanera, ya que los asoció con el sonido de la respiración esforzada de su abuela. Cuando ingresó al dormitorio, se quedó paralizada de espanto.
Sobre la cama yacía su abuela, ya muerta, pero no a causa de su enfermedad. Su cuerpo estaba totalmente destrozado y de cada parte manaba abundante sangre. Desparramados por el piso había trozos de toda clase: de hígado, riñones, corazón, intestinos, pelos, piel, carne, y todo lo imaginable que compone un cuerpo humano. Pero lo que colmó el horror de Caperucita, fue comprobar que el causante de todo aquello estaba allí. Un lobo, un lobo amenazante, agazapado, dispuesto a saltar sobre ella en cualquier momento.
Cuando ya se creía perdida, la puerta se abrió violentamente. El lobo retrocedió instintivamente al ver la imponente figura del leñador. Éste aprovechó la duda del cánido y adelantándose, separó la cabeza del cuerpo del infeliz animal con un certero hachazo.
El hombre tardó un instante en recuperar el aliento. Lentamente fue reconociendo el lugar hasta fijar su mirada en la figura de Caperucita, que lo miraba con ojos agradecidos. Una sonrisa comenzó a dibujarse en el curtido rostro del leñador, mientras comenzaba a acercarse a la niña. Cuando Caperucita comprendió, ya era tarde; el peso del hombre sobre ella era demasiado para resistir. Luego, sólo el dolor vergonzante de la violación.
Cuando el leñador sintió el último suspiro de Caperucita, se incorporó. Estaba satisfecho sexualmente, pero ahora sentía hambre nuevamente. Por suerte, todavía quedaban algunos restos de la vieja, aquellos que el lobo no le había podido robar.
Los cuentos de Mario (EL DESAFÍO)
Elegante como nunca: saco azul, pantalón gris, camisa blanca, corbata al tono, zapatos negros impecablemente lustrados.
Después de muchos días de confusión y desorden, su mente se encontraba alerta, lista para enfrentar el momento. Fueron largos días de preparación, en los cuales apenas había dormido y menos se había alimentado. Días de estimulantes y sedantes, de café y aspirinas.
Por primera vez se sentía listo. Otras veces ya había fracasado, y en los últimos días creyó muchas veces que volvería a sucederle lo mismo.
Pero el momento había llegado. Con gran serenidad tomó asiento y esperó. Al cabo de un rato tenía ante sus ojos el motivo de sus desvelos. Sintió que se le nublaba la vista, su mente se puso en blanco; no podía creer que le estuviera pasando esto después de tantos esfuerzos, de tantos sacrificios. Se levantó como un autómata y salió al patio en el que tantas veces había sido feliz. Lo atravesó con la cabeza gacha, apretando el paso nerviosamente, los ojos llorosos.
Cuando entró en el amplio baño, en un último rapto de lucidez abrió una canilla y metió la cabeza debajo. El estómago se volvió piedra, y vomitó sintiendo que se vaciaba totalmente por dentro.
Se dirigió hacia las duchas y entró en uno de los compartimientos. Miró hacia arriba, estudiando la forma de trepar por el tabique de cemento que separaba este compartimiento del siguiente. Finalmente lo logró, se sentó agotado en la cima y tomó uno de los extremos de su impecable corbata. Con gran esfuerzo consiguió anudarlo fuertemente en el reluciente caño de la ducha. Vaciló unos instantes, tal vez midiendo la resistencia del caño, y se arrojó.
Su primer pensamiento fue de alivio al comprobar que el caño había resistido. Apenas unos segundos después, todo fue reemplazado por una tremenda sensación de ahogo; sintió que sus pulmones iban a estallar, abrió desesperadamente la boca buscando oxígeno, y su último pensamiento fue que nunca había entendido Geografía, que jamás la aprobaría, y que sus padres nunca lo perdonarían.
Después de muchos días de confusión y desorden, su mente se encontraba alerta, lista para enfrentar el momento. Fueron largos días de preparación, en los cuales apenas había dormido y menos se había alimentado. Días de estimulantes y sedantes, de café y aspirinas.
Por primera vez se sentía listo. Otras veces ya había fracasado, y en los últimos días creyó muchas veces que volvería a sucederle lo mismo.
Pero el momento había llegado. Con gran serenidad tomó asiento y esperó. Al cabo de un rato tenía ante sus ojos el motivo de sus desvelos. Sintió que se le nublaba la vista, su mente se puso en blanco; no podía creer que le estuviera pasando esto después de tantos esfuerzos, de tantos sacrificios. Se levantó como un autómata y salió al patio en el que tantas veces había sido feliz. Lo atravesó con la cabeza gacha, apretando el paso nerviosamente, los ojos llorosos.
Cuando entró en el amplio baño, en un último rapto de lucidez abrió una canilla y metió la cabeza debajo. El estómago se volvió piedra, y vomitó sintiendo que se vaciaba totalmente por dentro.
Se dirigió hacia las duchas y entró en uno de los compartimientos. Miró hacia arriba, estudiando la forma de trepar por el tabique de cemento que separaba este compartimiento del siguiente. Finalmente lo logró, se sentó agotado en la cima y tomó uno de los extremos de su impecable corbata. Con gran esfuerzo consiguió anudarlo fuertemente en el reluciente caño de la ducha. Vaciló unos instantes, tal vez midiendo la resistencia del caño, y se arrojó.
Su primer pensamiento fue de alivio al comprobar que el caño había resistido. Apenas unos segundos después, todo fue reemplazado por una tremenda sensación de ahogo; sintió que sus pulmones iban a estallar, abrió desesperadamente la boca buscando oxígeno, y su último pensamiento fue que nunca había entendido Geografía, que jamás la aprobaría, y que sus padres nunca lo perdonarían.
Los cuentos de Mario (RESENTIMIENTO)
El hombre caminó por el estrecho callejón rumbo a la avenida. Era su hora de salir, hora en la que nadie circulaba, hora de extraños ruidos y silencios. La hora apropiada.
El andar silencioso de sus pies descalzos le daba un aire casi fantasmal a sus desgarbados movimientos. Al llegar a la avenida, el raudo pasar de un solitario vehículo lo estremeció, paralizándolo.
Masticando una imprecación, comenzó a andar. Apretó fuertemente la empuñadura de su navaja, mientras pensaba que alguien se encontraría muy pronto con el frío de la corta hoja de su arma.
Caminó sin cesar infinidad de cuadros durante dos largas horas. Aburrido, comenzó a contar baldosas hasta que, de pronto, se llevó por delante algo duro. Atontado por un instante, pudo luego comprobar que se trataba de la parada de un colectivo. Una parada nueva, sin duda, ya que no recordaba que hubiese estado allí antes.
Pensaba en esto, cuando a sus espaldas escuchó pasos que se acercaban, pasos de mujer, suaves pero seguros. La mujer se detuvo detrás de él, y con una dulce voz le preguntó si allí paraba el colectivo 15.
Graznó un "sí, señorita", mientras se volvía midiendo la distancia exacta que lo separaba de la muchacha, mientras su puño derecho aferraba vigorosamente la navaja. Estiró su brazo izquierdo y la mano se cerró sobre la garganta de la mujer. En un instante, accionó el resorte de la navaja y la hoja saltó hacia adelante. La mujer intentó una débil resistencia, y dos navajazos certeros le hicieron saltar ambos ojos, los cuales cayeron en la vereda con un sordo cloqueo.
El hombre soltó a la infeliz muchacha, que ya desvanecida de dolor y espanto, se estrelló contra el piso. Luego se puso de rodillas, y comenzó a tantear la vereda hasta encontrar los globos informes que momentos antes eran un hermoso par de ojos verdes. Los sopesó mientras se erguía, y después los arrojó lejos con todas sus fuerzas.
Silbando una vieja canción comenzó a caminar. Se sentía feliz: su objetivo se iba cumpliendo. Él era ciego. Todos lo serían.
El andar silencioso de sus pies descalzos le daba un aire casi fantasmal a sus desgarbados movimientos. Al llegar a la avenida, el raudo pasar de un solitario vehículo lo estremeció, paralizándolo.
Masticando una imprecación, comenzó a andar. Apretó fuertemente la empuñadura de su navaja, mientras pensaba que alguien se encontraría muy pronto con el frío de la corta hoja de su arma.
Caminó sin cesar infinidad de cuadros durante dos largas horas. Aburrido, comenzó a contar baldosas hasta que, de pronto, se llevó por delante algo duro. Atontado por un instante, pudo luego comprobar que se trataba de la parada de un colectivo. Una parada nueva, sin duda, ya que no recordaba que hubiese estado allí antes.
Pensaba en esto, cuando a sus espaldas escuchó pasos que se acercaban, pasos de mujer, suaves pero seguros. La mujer se detuvo detrás de él, y con una dulce voz le preguntó si allí paraba el colectivo 15.
Graznó un "sí, señorita", mientras se volvía midiendo la distancia exacta que lo separaba de la muchacha, mientras su puño derecho aferraba vigorosamente la navaja. Estiró su brazo izquierdo y la mano se cerró sobre la garganta de la mujer. En un instante, accionó el resorte de la navaja y la hoja saltó hacia adelante. La mujer intentó una débil resistencia, y dos navajazos certeros le hicieron saltar ambos ojos, los cuales cayeron en la vereda con un sordo cloqueo.
El hombre soltó a la infeliz muchacha, que ya desvanecida de dolor y espanto, se estrelló contra el piso. Luego se puso de rodillas, y comenzó a tantear la vereda hasta encontrar los globos informes que momentos antes eran un hermoso par de ojos verdes. Los sopesó mientras se erguía, y después los arrojó lejos con todas sus fuerzas.
Silbando una vieja canción comenzó a caminar. Se sentía feliz: su objetivo se iba cumpliendo. Él era ciego. Todos lo serían.
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