Desde que tengo floja una muela, todo me molesta. A veces la muela se infecta y me produce mucho dolor, y entonces todo me molesta más aun.
Me molesta que mi hija escuche música a todo volumen. La tengo que matar.
Me molesta discutir ferozmente con mi esposa. La tengo que matar.
Me molesta el ruido que hace con su moto mi vecino. Lo tengo que matar.
Me molesta mi perro que ladra sin cesar. Lo tengo que matar.
Me molesta que la perra de mi otro vecino esté en celo, haciendo que mi perro ladre. La tengo que matar.
Me molesta que mi jefe me haya despedido del trabajo, por faltar a causa de mi dolor de muela. Lo tengo que matar.
Me molesta deberle al almacenero, porque no tengo dinero desde que perdí el trabajo. Lo tengo que matar.
Me molesta, además del insoportable dolor de muela, tener la camisa manchada con tanta sangre. Me tengo que matar.
Ya nada me molesta.
domingo, 12 de septiembre de 2010
Los cuentos de Mario (CRONOLOGÍA EN COMÚN)
21.00.00 hs.
Raquel comienza a preparar la cena, pensando orgullosa que pronto su hijo volvería de su primer día de trabajo. Con tan sólo dieciocho años y recién egresado de la escuela secundaria, había conseguido un puesto administrativo en la fábrica de envases plásticos que estaba al otro lado de la vía.
Marcelo acostó a su hijo de dos meses, y se dirigió a la cocina, dispuesto a aprontar la comida a la espera de su esposa, secretaria ejecutiva de la fábrica de envases plásticos.
Romina terminó de rellenar empanadas, volcó aceite en una sartén y comenzó freírlas, sabiendo que su madre no tardaría en regresar de su trabajo de empleada de limpieza en la fábrica de envases plásticos.
Fermín decidió que no cenaría, pero que sí tomaría un trago más, seguro de poder cumplir con su trabajo de todas maneras.
Manuel miró hacia las estrellas, mientras realizaba su monótono trabajo. Pensó en Paula, su esposa, y en los mellizos, y deseó que terminara pronto la jornada de trabajo, para reunirse en casa con ellos.
21.30.00 hs.
Martín escuchó el silbato de la fábrica que indicaba el final del día laboral. Ordenó rápidamente los últimos papeles de su escritorio, y se dirigió al reloj para fichar la salida, feliz de haber concluido su primer día de trabajo sin novedad.
Andrea, concentrada totalmente en ordenar la agenda de su jefe para el día siguiente, se sobresaltó cuando oyó el silbato. Se incorporó, tomó el sacón del perchero, y se despreocupó automáticamente de su trabajo, dando lugar en su mente a su hijo de dos meses y a su amado esposo, que seguramente ya había acostado al niño, y estaba preparando la cena.
Al momento de accionarse el silbato automático que indicaba la salida, Rosa ya estaba lista. Se había quitado el guardapolvo celeste y había guardado todos los artículos de limpieza en el armario. Deseando que su hija quinceañera estuviera bien, algo que la preocupaba durante todo el día, se dirigió apresuradamente a fichar su tarjeta.
El sonido del silbato llegó lejanamente a los oídos de Fermín, que luchaba infructuosamente para no quedarse dormido. Unos minutos después caía en un profundo sueño, y no escuchaba el timbre del teléfono de su oficina.
Manuel seguía mirando las estrellas y pensando en su familia.
21.40.00 hs.
Martín, Andrea y Rosa llegaron a la vía conversando animadamente y se dispusieron a cruzarla.
Fermín seguía durmiendo.
Manuel dejó de lado las estrellas y su familia, para concentrarse en una de las pobres variantes que le ofrecía su trabajo.
21.41.00 hs.
Martín, Andrea y Rosa, acababan de cruzar el primer durmiente de la vía, cuando vieron la luz que se les venía encima.
Fermín seguía durmiendo.
Manuel divisó tres sombras que se acercaban velozmente.
21.41.05 hs.
Martín, Andrea y Rosa eran una masa sanguinolenta y esparcida debajo del segundo vagón de la formación.
Fermín seguía durmiendo en su oficina de guardabarreras.
Manuel, después de accionar tardíamente el freno de la locomotora, estaba temblando.
22.00.00 hs.
Raquel sonreía pensando que a su hijo no le había costado hacer amistades en su nuevo trabajo, ya que estaba demorado su regreso.
Marcelo, intranquilo por la tardanza de Andrea, se asomó a la ventana para escudriñar la noche cerrada.
Romina pensaba, con disgusto, que otra vez a su madre le habían encomendado una limpieza de último momento.
Fermín era subido a un patrullero.
Manuel se reponía de un desmayo, ayudado por el médico que llegó con la ambulancia de emergencias.
Raquel comienza a preparar la cena, pensando orgullosa que pronto su hijo volvería de su primer día de trabajo. Con tan sólo dieciocho años y recién egresado de la escuela secundaria, había conseguido un puesto administrativo en la fábrica de envases plásticos que estaba al otro lado de la vía.
Marcelo acostó a su hijo de dos meses, y se dirigió a la cocina, dispuesto a aprontar la comida a la espera de su esposa, secretaria ejecutiva de la fábrica de envases plásticos.
Romina terminó de rellenar empanadas, volcó aceite en una sartén y comenzó freírlas, sabiendo que su madre no tardaría en regresar de su trabajo de empleada de limpieza en la fábrica de envases plásticos.
Fermín decidió que no cenaría, pero que sí tomaría un trago más, seguro de poder cumplir con su trabajo de todas maneras.
Manuel miró hacia las estrellas, mientras realizaba su monótono trabajo. Pensó en Paula, su esposa, y en los mellizos, y deseó que terminara pronto la jornada de trabajo, para reunirse en casa con ellos.
21.30.00 hs.
Martín escuchó el silbato de la fábrica que indicaba el final del día laboral. Ordenó rápidamente los últimos papeles de su escritorio, y se dirigió al reloj para fichar la salida, feliz de haber concluido su primer día de trabajo sin novedad.
Andrea, concentrada totalmente en ordenar la agenda de su jefe para el día siguiente, se sobresaltó cuando oyó el silbato. Se incorporó, tomó el sacón del perchero, y se despreocupó automáticamente de su trabajo, dando lugar en su mente a su hijo de dos meses y a su amado esposo, que seguramente ya había acostado al niño, y estaba preparando la cena.
Al momento de accionarse el silbato automático que indicaba la salida, Rosa ya estaba lista. Se había quitado el guardapolvo celeste y había guardado todos los artículos de limpieza en el armario. Deseando que su hija quinceañera estuviera bien, algo que la preocupaba durante todo el día, se dirigió apresuradamente a fichar su tarjeta.
El sonido del silbato llegó lejanamente a los oídos de Fermín, que luchaba infructuosamente para no quedarse dormido. Unos minutos después caía en un profundo sueño, y no escuchaba el timbre del teléfono de su oficina.
Manuel seguía mirando las estrellas y pensando en su familia.
21.40.00 hs.
Martín, Andrea y Rosa llegaron a la vía conversando animadamente y se dispusieron a cruzarla.
Fermín seguía durmiendo.
Manuel dejó de lado las estrellas y su familia, para concentrarse en una de las pobres variantes que le ofrecía su trabajo.
21.41.00 hs.
Martín, Andrea y Rosa, acababan de cruzar el primer durmiente de la vía, cuando vieron la luz que se les venía encima.
Fermín seguía durmiendo.
Manuel divisó tres sombras que se acercaban velozmente.
21.41.05 hs.
Martín, Andrea y Rosa eran una masa sanguinolenta y esparcida debajo del segundo vagón de la formación.
Fermín seguía durmiendo en su oficina de guardabarreras.
Manuel, después de accionar tardíamente el freno de la locomotora, estaba temblando.
22.00.00 hs.
Raquel sonreía pensando que a su hijo no le había costado hacer amistades en su nuevo trabajo, ya que estaba demorado su regreso.
Marcelo, intranquilo por la tardanza de Andrea, se asomó a la ventana para escudriñar la noche cerrada.
Romina pensaba, con disgusto, que otra vez a su madre le habían encomendado una limpieza de último momento.
Fermín era subido a un patrullero.
Manuel se reponía de un desmayo, ayudado por el médico que llegó con la ambulancia de emergencias.
Los cuentos de Mario (CAPERUCITA ROJA)
Caperucita observó en silencio a su madre. Comprendía lo que estaba pensando. Su abuela había enfermado gravemente y vivía muy lejos de allí. Para colmo, para llegar hasta su casa había que atravesar el bosque.
La madre de Caperucita se afanaba en la cocina, tratando de terminar a tiempo unos pastelitos para enviar con Caperucita a la enferma. Quería que su hija saliera enseguida, de forma tal que pudiera regresar antes del anochecer, y evitar así los peligros del bosque.
Una vez que hubo acabado, colocó los pastelillos en una primorosa canasta, los tapó con un mantel impecable, y le entregó todo a Caperucita, colmándola de recomendaciones para el camino.
Partió la niña alegremente, contenta en cierta forma de poder hacer algo diferente, aventurero, y de paso poder ayudar tanto a su madre como a su abuela.
Se fue internando cada vez más en el bosque, recogiendo flores a su paso para regalárselas a su abuela al llegar.
Finalmente llegó a su destino. Golpeó reiteradamente la puerta de la blanca casa, pero nadie le respondió. Suponiendo que su abuela estaría durmiendo, decidió ingresar a la casa de todos modos. La recibió una pulcra sala de estar donde se sentó un momento a descansar, para luego dirigirse al dormitorio. A medida que se acercaba a la habitación, comenzó a escuchar cada vez más fuerte unos bufidos que la alarmaron sobremanera, ya que los asoció con el sonido de la respiración esforzada de su abuela. Cuando ingresó al dormitorio, se quedó paralizada de espanto.
Sobre la cama yacía su abuela, ya muerta, pero no a causa de su enfermedad. Su cuerpo estaba totalmente destrozado y de cada parte manaba abundante sangre. Desparramados por el piso había trozos de toda clase: de hígado, riñones, corazón, intestinos, pelos, piel, carne, y todo lo imaginable que compone un cuerpo humano. Pero lo que colmó el horror de Caperucita, fue comprobar que el causante de todo aquello estaba allí. Un lobo, un lobo amenazante, agazapado, dispuesto a saltar sobre ella en cualquier momento.
Cuando ya se creía perdida, la puerta se abrió violentamente. El lobo retrocedió instintivamente al ver la imponente figura del leñador. Éste aprovechó la duda del cánido y adelantándose, separó la cabeza del cuerpo del infeliz animal con un certero hachazo.
El hombre tardó un instante en recuperar el aliento. Lentamente fue reconociendo el lugar hasta fijar su mirada en la figura de Caperucita, que lo miraba con ojos agradecidos. Una sonrisa comenzó a dibujarse en el curtido rostro del leñador, mientras comenzaba a acercarse a la niña. Cuando Caperucita comprendió, ya era tarde; el peso del hombre sobre ella era demasiado para resistir. Luego, sólo el dolor vergonzante de la violación.
Cuando el leñador sintió el último suspiro de Caperucita, se incorporó. Estaba satisfecho sexualmente, pero ahora sentía hambre nuevamente. Por suerte, todavía quedaban algunos restos de la vieja, aquellos que el lobo no le había podido robar.
La madre de Caperucita se afanaba en la cocina, tratando de terminar a tiempo unos pastelitos para enviar con Caperucita a la enferma. Quería que su hija saliera enseguida, de forma tal que pudiera regresar antes del anochecer, y evitar así los peligros del bosque.
Una vez que hubo acabado, colocó los pastelillos en una primorosa canasta, los tapó con un mantel impecable, y le entregó todo a Caperucita, colmándola de recomendaciones para el camino.
Partió la niña alegremente, contenta en cierta forma de poder hacer algo diferente, aventurero, y de paso poder ayudar tanto a su madre como a su abuela.
Se fue internando cada vez más en el bosque, recogiendo flores a su paso para regalárselas a su abuela al llegar.
Finalmente llegó a su destino. Golpeó reiteradamente la puerta de la blanca casa, pero nadie le respondió. Suponiendo que su abuela estaría durmiendo, decidió ingresar a la casa de todos modos. La recibió una pulcra sala de estar donde se sentó un momento a descansar, para luego dirigirse al dormitorio. A medida que se acercaba a la habitación, comenzó a escuchar cada vez más fuerte unos bufidos que la alarmaron sobremanera, ya que los asoció con el sonido de la respiración esforzada de su abuela. Cuando ingresó al dormitorio, se quedó paralizada de espanto.
Sobre la cama yacía su abuela, ya muerta, pero no a causa de su enfermedad. Su cuerpo estaba totalmente destrozado y de cada parte manaba abundante sangre. Desparramados por el piso había trozos de toda clase: de hígado, riñones, corazón, intestinos, pelos, piel, carne, y todo lo imaginable que compone un cuerpo humano. Pero lo que colmó el horror de Caperucita, fue comprobar que el causante de todo aquello estaba allí. Un lobo, un lobo amenazante, agazapado, dispuesto a saltar sobre ella en cualquier momento.
Cuando ya se creía perdida, la puerta se abrió violentamente. El lobo retrocedió instintivamente al ver la imponente figura del leñador. Éste aprovechó la duda del cánido y adelantándose, separó la cabeza del cuerpo del infeliz animal con un certero hachazo.
El hombre tardó un instante en recuperar el aliento. Lentamente fue reconociendo el lugar hasta fijar su mirada en la figura de Caperucita, que lo miraba con ojos agradecidos. Una sonrisa comenzó a dibujarse en el curtido rostro del leñador, mientras comenzaba a acercarse a la niña. Cuando Caperucita comprendió, ya era tarde; el peso del hombre sobre ella era demasiado para resistir. Luego, sólo el dolor vergonzante de la violación.
Cuando el leñador sintió el último suspiro de Caperucita, se incorporó. Estaba satisfecho sexualmente, pero ahora sentía hambre nuevamente. Por suerte, todavía quedaban algunos restos de la vieja, aquellos que el lobo no le había podido robar.
Los cuentos de Mario (EL DESAFÍO)
Elegante como nunca: saco azul, pantalón gris, camisa blanca, corbata al tono, zapatos negros impecablemente lustrados.
Después de muchos días de confusión y desorden, su mente se encontraba alerta, lista para enfrentar el momento. Fueron largos días de preparación, en los cuales apenas había dormido y menos se había alimentado. Días de estimulantes y sedantes, de café y aspirinas.
Por primera vez se sentía listo. Otras veces ya había fracasado, y en los últimos días creyó muchas veces que volvería a sucederle lo mismo.
Pero el momento había llegado. Con gran serenidad tomó asiento y esperó. Al cabo de un rato tenía ante sus ojos el motivo de sus desvelos. Sintió que se le nublaba la vista, su mente se puso en blanco; no podía creer que le estuviera pasando esto después de tantos esfuerzos, de tantos sacrificios. Se levantó como un autómata y salió al patio en el que tantas veces había sido feliz. Lo atravesó con la cabeza gacha, apretando el paso nerviosamente, los ojos llorosos.
Cuando entró en el amplio baño, en un último rapto de lucidez abrió una canilla y metió la cabeza debajo. El estómago se volvió piedra, y vomitó sintiendo que se vaciaba totalmente por dentro.
Se dirigió hacia las duchas y entró en uno de los compartimientos. Miró hacia arriba, estudiando la forma de trepar por el tabique de cemento que separaba este compartimiento del siguiente. Finalmente lo logró, se sentó agotado en la cima y tomó uno de los extremos de su impecable corbata. Con gran esfuerzo consiguió anudarlo fuertemente en el reluciente caño de la ducha. Vaciló unos instantes, tal vez midiendo la resistencia del caño, y se arrojó.
Su primer pensamiento fue de alivio al comprobar que el caño había resistido. Apenas unos segundos después, todo fue reemplazado por una tremenda sensación de ahogo; sintió que sus pulmones iban a estallar, abrió desesperadamente la boca buscando oxígeno, y su último pensamiento fue que nunca había entendido Geografía, que jamás la aprobaría, y que sus padres nunca lo perdonarían.
Después de muchos días de confusión y desorden, su mente se encontraba alerta, lista para enfrentar el momento. Fueron largos días de preparación, en los cuales apenas había dormido y menos se había alimentado. Días de estimulantes y sedantes, de café y aspirinas.
Por primera vez se sentía listo. Otras veces ya había fracasado, y en los últimos días creyó muchas veces que volvería a sucederle lo mismo.
Pero el momento había llegado. Con gran serenidad tomó asiento y esperó. Al cabo de un rato tenía ante sus ojos el motivo de sus desvelos. Sintió que se le nublaba la vista, su mente se puso en blanco; no podía creer que le estuviera pasando esto después de tantos esfuerzos, de tantos sacrificios. Se levantó como un autómata y salió al patio en el que tantas veces había sido feliz. Lo atravesó con la cabeza gacha, apretando el paso nerviosamente, los ojos llorosos.
Cuando entró en el amplio baño, en un último rapto de lucidez abrió una canilla y metió la cabeza debajo. El estómago se volvió piedra, y vomitó sintiendo que se vaciaba totalmente por dentro.
Se dirigió hacia las duchas y entró en uno de los compartimientos. Miró hacia arriba, estudiando la forma de trepar por el tabique de cemento que separaba este compartimiento del siguiente. Finalmente lo logró, se sentó agotado en la cima y tomó uno de los extremos de su impecable corbata. Con gran esfuerzo consiguió anudarlo fuertemente en el reluciente caño de la ducha. Vaciló unos instantes, tal vez midiendo la resistencia del caño, y se arrojó.
Su primer pensamiento fue de alivio al comprobar que el caño había resistido. Apenas unos segundos después, todo fue reemplazado por una tremenda sensación de ahogo; sintió que sus pulmones iban a estallar, abrió desesperadamente la boca buscando oxígeno, y su último pensamiento fue que nunca había entendido Geografía, que jamás la aprobaría, y que sus padres nunca lo perdonarían.
Los cuentos de Mario (RESENTIMIENTO)
El hombre caminó por el estrecho callejón rumbo a la avenida. Era su hora de salir, hora en la que nadie circulaba, hora de extraños ruidos y silencios. La hora apropiada.
El andar silencioso de sus pies descalzos le daba un aire casi fantasmal a sus desgarbados movimientos. Al llegar a la avenida, el raudo pasar de un solitario vehículo lo estremeció, paralizándolo.
Masticando una imprecación, comenzó a andar. Apretó fuertemente la empuñadura de su navaja, mientras pensaba que alguien se encontraría muy pronto con el frío de la corta hoja de su arma.
Caminó sin cesar infinidad de cuadros durante dos largas horas. Aburrido, comenzó a contar baldosas hasta que, de pronto, se llevó por delante algo duro. Atontado por un instante, pudo luego comprobar que se trataba de la parada de un colectivo. Una parada nueva, sin duda, ya que no recordaba que hubiese estado allí antes.
Pensaba en esto, cuando a sus espaldas escuchó pasos que se acercaban, pasos de mujer, suaves pero seguros. La mujer se detuvo detrás de él, y con una dulce voz le preguntó si allí paraba el colectivo 15.
Graznó un "sí, señorita", mientras se volvía midiendo la distancia exacta que lo separaba de la muchacha, mientras su puño derecho aferraba vigorosamente la navaja. Estiró su brazo izquierdo y la mano se cerró sobre la garganta de la mujer. En un instante, accionó el resorte de la navaja y la hoja saltó hacia adelante. La mujer intentó una débil resistencia, y dos navajazos certeros le hicieron saltar ambos ojos, los cuales cayeron en la vereda con un sordo cloqueo.
El hombre soltó a la infeliz muchacha, que ya desvanecida de dolor y espanto, se estrelló contra el piso. Luego se puso de rodillas, y comenzó a tantear la vereda hasta encontrar los globos informes que momentos antes eran un hermoso par de ojos verdes. Los sopesó mientras se erguía, y después los arrojó lejos con todas sus fuerzas.
Silbando una vieja canción comenzó a caminar. Se sentía feliz: su objetivo se iba cumpliendo. Él era ciego. Todos lo serían.
El andar silencioso de sus pies descalzos le daba un aire casi fantasmal a sus desgarbados movimientos. Al llegar a la avenida, el raudo pasar de un solitario vehículo lo estremeció, paralizándolo.
Masticando una imprecación, comenzó a andar. Apretó fuertemente la empuñadura de su navaja, mientras pensaba que alguien se encontraría muy pronto con el frío de la corta hoja de su arma.
Caminó sin cesar infinidad de cuadros durante dos largas horas. Aburrido, comenzó a contar baldosas hasta que, de pronto, se llevó por delante algo duro. Atontado por un instante, pudo luego comprobar que se trataba de la parada de un colectivo. Una parada nueva, sin duda, ya que no recordaba que hubiese estado allí antes.
Pensaba en esto, cuando a sus espaldas escuchó pasos que se acercaban, pasos de mujer, suaves pero seguros. La mujer se detuvo detrás de él, y con una dulce voz le preguntó si allí paraba el colectivo 15.
Graznó un "sí, señorita", mientras se volvía midiendo la distancia exacta que lo separaba de la muchacha, mientras su puño derecho aferraba vigorosamente la navaja. Estiró su brazo izquierdo y la mano se cerró sobre la garganta de la mujer. En un instante, accionó el resorte de la navaja y la hoja saltó hacia adelante. La mujer intentó una débil resistencia, y dos navajazos certeros le hicieron saltar ambos ojos, los cuales cayeron en la vereda con un sordo cloqueo.
El hombre soltó a la infeliz muchacha, que ya desvanecida de dolor y espanto, se estrelló contra el piso. Luego se puso de rodillas, y comenzó a tantear la vereda hasta encontrar los globos informes que momentos antes eran un hermoso par de ojos verdes. Los sopesó mientras se erguía, y después los arrojó lejos con todas sus fuerzas.
Silbando una vieja canción comenzó a caminar. Se sentía feliz: su objetivo se iba cumpliendo. Él era ciego. Todos lo serían.
viernes, 4 de abril de 2008
Para los que no comprenden qué significa realmente ser feliz
En cierta ocasión, durante un seminario para matrimonios, le preguntaron a una mujer:- ¿Te hace feliz tu esposo? ¿Realmente te hace feliz? En ese momento, el esposo levantó ligeramente el cuello, en señal de seguridad. Sabía que su esposa diría que sí, pues ella jamás se había quejado durante su matrimonio. Sin embargo la esposa respondió con un rotundo:- ¡No!... ¡no me hace feliz! Y ante el asombro del marido... continuó: - No me hace feliz... ¡YO SOY FELIZ!... el que yo sea feliz o no, eso no depende de él, sino de mí. Yo soy la única persona de quien depende mi felicidad. Yo decido ser feliz en cada situación y en cada momento de mi vida, pues si mi felicidad dependiera de alguna persona, cosa o circunstancia... sobre la faz de esta tierra, yo estaría en serios problemas. Todo lo que existe en esta vida, cambia continuamente... el ser humano, las riquezas, mi cuerpo, el clima, los placeres, etc. y así podría hacer una lista interminable. A través de toda mi vida, he aprendido algo: decido ser feliz y lo demás lo llamo... experiencias, amar, perdonar, ayudar, comprender, aceptar, escuchar, consolar. Hay gente que dice: - No puedo ser feliz... porque tengo esta enfermedad, porque no tengo dinero, porque hace mucho calor, porque alguien me insultó, porque alguien ha dejado de amarme, porque alguien no me valoró... Pero... lo que no sabes es que... PUEDES SER FELIZ aunque... tengas una enfermedad, aunque... haga calor, aunque... no tengas dinero, aunque... alguien te haya insultado, aunque... alguien no te amó, o no te haya valorado. SER FELIZ ES.... ¡¡¡UNA ACTITUD ANTE LA VIDA, QUE CADA QUIEN DECIDE!!!
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